Que el enfado no decida por ti

Que el enfado no decida por ti

€8,00
Pular para as informações do produto
Que el enfado no decida por ti

Que el enfado no decida por ti

€8,00

El enfado puede aparecer en segundos. Pero no tiene por qué decidir por ti.

Que el enfado no decida por ti, de Daniel de Wishlet, es un libro cercano, claro y profundamente humano sobre lo que ocurre cuando nos sentimos heridos, tratados injustamente o empujados a reaccionar antes de pensar.

A través de Tomás y Elena, de escenas reconocibles de la vida cotidiana y de explicaciones sencillas, el libro muestra por qué el cuerpo se activa tan deprisa, cómo la rumiación mantiene vivo un conflicto y de qué manera podemos recuperar suficiente calma para elegir una respuesta firme sin gritar, humillar ni renunciar a nuestros límites.

No se trata de reprimir el enfado ni de aceptar una injusticia. Se trata de comprender qué intenta proteger esa reacción y aprender a conservar algo muy valioso cuando aparece: nuestra capacidad de elegir.

Un viaje práctico hacia una forma distinta de responder: reconocer las primeras señales, respirar, no alimentar la ofensa, encontrar una pequeña chispa de calma, poner límites con claridad y reparar cuando nos equivocamos.

La calma no elimina tu fuerza. Te ayuda a utilizarla mejor.

Edición completa en español. Formato digital EPUB. No se envía libro físico.


LEE GRATIS EL PRIMER CAPÍTULO

Conoce a Tomás y descubre el comienzo de su historia antes de comprar el libro.

Capítulo 1

El hombre que se enfadaba demasiado

A primera hora de la mañana, cuando empezaba a salir el sol, Tomás ya caminaba entre los olivos. Le gustaba recorrer la finca antes de arrancar el tractor. Así podía escuchar el viento entre las ramas, el canto de los pájaros y el agua que corría por las acequias.

Había heredado aquellas tierras de su padre y de su abuelo. Conocía muy bien los olivos y todos los caminos de la finca. En el pueblo también sabían que podían contar con él. Si alguien enfermaba o necesitaba ayuda con una cosecha, Tomás solía ser uno de los primeros en acudir. Ayudaba porque le importaban las personas de su pueblo.

En el pueblo también se sabía otra cosa sobre Tomás.

Cuando creía que alguien se reía de él, intentaba engañarlo o dudaba de su palabra, se enfadaba con tanta intensidad que los demás preferían apartarse.

Aquel jueves entró en el bar después de trabajar. Tres hombres jugaban una partida de dominó junto a la ventana. Lo invitaron a sentarse con ellos y Tomás aceptó. Pidió café y durante un rato todo transcurrió como siempre: bromas sobre el tiempo, discusiones acerca del precio de la aceituna y quejas porque un camino rural seguía en mal estado.

Entonces Julián sacó una copia de la lista municipal de turnos de riego. Tomás aparecía con dos turnos seguidos y Julián no tenía ninguno. Julián dijo que debía de haber un error y que era necesario revisar la lista, porque Tomás tenía asignada más agua que los demás.

Tomás notó calor en el pecho, enderezó la espalda y dejó de escuchar. Ya no pensó que estuvieran revisando un posible error. Creyó que Julián lo acusaba de mentir delante de todos.

—Si tienes algo que decirme, lo dices mirándome a la cara —respondió.

Julián intentó explicarle que solo estaba señalando lo que aparecía en el documento y que no lo acusaba de haberlo manipulado. Pero Tomás ya no escuchaba. Había entendido aquellas palabras como una acusación de robo y sentía que debía defender su honradez delante de todos.

Tomás levantó cada vez más la voz. Golpeó la mesa con la palma y las fichas de dominó saltaron. Después de aquello, nadie quiso seguir discutiendo con él. Tomás creyó que había ganado la discusión.

Cuando se levantó para marcharse, vio que Julián recogía las fichas sin mirarlo. Los demás se apartaron para dejarle paso.

Fuera hacía fresco, pero Tomás seguía muy enfadado.

Durante el camino de regreso repasó la discusión una y otra vez. Pensó en respuestas que no había pronunciado e imaginó a Julián diciendo por el pueblo que él robaba agua. También recordó desacuerdos antiguos y los interpretó como pruebas de que llevaban años intentando perjudicarlo.

Al llegar a la finca encendió el tractor. El trabajo solía tranquilizarlo, pero aquella tarde no conseguía concentrarse. Mientras avanzaba entre los olivos, seguía pensando en la discusión. Imaginaba nuevas respuestas y se defendía de acusaciones que nadie había formulado.

La discusión había terminado, pero Tomás seguía repitiéndola en su mente.

Tomás no repetía la discusión porque le gustara pensar demasiado. Intentaba comprender si Julián lo había atacado, imaginar qué podría ocurrir después y encontrar una respuesta que evitara otra humillación. Pero cada vez que recordaba la escena volvía a sentir tensión. Aunque ya estaba solo en la finca, su cuerpo seguía reaccionando como si la discusión continuara.

Esa noche Tomás cenó sin saborear la comida. Su hermano Andrés lo llamó. Él contestó con monosílabos hasta que Andrés preguntó qué le ocurría.

—Nada. La gente, que es muy falsa.

Andrés guardó silencio. Conocía aquel tono. Sabía que cualquier pregunta podía convertirse en una discusión nueva.

—Te voy a mandar algo. No tienes que contestarme.

El teléfono vibró pocos segundos después. Era un reel. En la pantalla aparecía un hombre vestido con una túnica oscura y un pequeño corazón alado sobre el pecho. Tomás leyó el comienzo, negó con la cabeza y dejó el móvil boca abajo.

No necesitaba que nadie le enseñara a respirar. Necesitaba que la gente dejara de provocarlo.

Sin embargo, la casa estaba demasiado silenciosa. Después de cenar tomó otra vez el teléfono. Escuchó hasta la frase: «Antes de intentar cambiar lo que tienes delante, cambia primero lo que está ocurriendo en tu interior». Detuvo el vídeo.

Aquello le molestó casi tanto como Julián. Tomás pensaba que calmarse significaba darle la razón al otro. Volvió a reproducirlo y escuchó: «Se trata de responder desde la conciencia que da la calma, no desde la activación del enfado».

Tomás no sabía qué significaba activación. Pero reconocía sus señales: calor en el pecho, rigidez en la mandíbula y una urgencia por responder que le impedía escuchar con calma.

El reel le pedía que buscara una pequeña chispa agradable. Miró alrededor con escepticismo. Sobre una silla dormía Nube, la perra que lo acompañaba desde hacía doce años. Tenía el hocico blanco. Tomás apoyó una mano sobre su lomo y la acarició. Nube cerró los ojos con gusto.

No ocurrió nada extraordinario. El problema del agua seguía existiendo y Tomás seguía molesto con Julián. Pero durante unos segundos prestó atención a Nube y dejó de pensar únicamente en la discusión.

Tomás tomó aire con suavidad y lo dejó salir despacio.

Después volvió a hacerlo.

Volvió a pensar en la discusión del bar, pero esta vez se dio cuenta de lo que estaba haciendo.

Por primera vez no continuó la discusión en su cabeza. Respiró y trató de recuperar la calma.

Dos días más tarde, Tomás volvió al bar. Todos lo saludaron, pero nadie le ofreció asiento. La partida comenzó sin él. Permaneció junto a la barra fingiendo mirar las noticias. Cuando se acercaba a un grupo, los demás bajaban la voz.

Siempre había pensado que los demás se apartaban porque eran falsos y no valoraban todo lo bueno que él hacía. Esa mañana consideró otra posibilidad: quizá temían que volviera a gritar o a golpear la mesa.

Julián entró poco después. Tomás notó de nuevo el calor en el pecho, la mandíbula tensa y el impulso de responder antes de escuchar. Era la misma reacción que había tenido dos días atrás. Entonces recordó a Nube. No estaba allí, pero recordó cómo cerraba los ojos con gusto mientras él la acariciaba. Tomó aire con suavidad y lo dejó salir un poco más despacio.

—Sobre lo del agua —dijo Julián—, he traído el registro para que lo revisemos.

Tomás pensó en varias respuestas bruscas, pero decidió escuchar antes de hablar.

—Enséñamelo.

No sonó amable. Tampoco necesitaba fingir amabilidad. Lo importante era que había respondido a lo que Julián acababa de decir, sin mezclarlo con antiguas discusiones.

Al comparar los nombres y los horarios descubrieron el error. Al copiar la lista, habían escrito por equivocación el turno de Julián en la fila de Tomás. Nadie había intentado beneficiar ni perjudicar a nadie. Avisaron al ayuntamiento para que corrigiera el documento.

Al terminar, Julián cerró la carpeta.

—Así se puede hablar contigo.

Tomás estuvo a punto de ofenderse. Después comprendió que Julián no intentaba provocarlo. Le estaba diciendo que podían resolver sus desacuerdos sin gritarse.

—Estoy aprendiendo —respondió.

Fue la primera vez que lo dijo en voz alta.

¿Quieres saber cómo continúa la historia de Tomás y conocer a Elena?
El libro completo está disponible para comprar en esta misma página.


ENTREGA Y DESCARGA

Después de la compra recibirás un correo electrónico con el enlace de descarga. Si no aparece en la bandeja principal, revisa las demás carpetas de tu correo.

La descarga contiene un archivo ZIP. Al abrirlo y extraerlo se guardarán en tu dispositivo dos archivos:

  • El libro electrónico.
  • El reel de regalo.

Para abrir y leer el libro necesitarás tener instalado en tu móvil, tableta u ordenador un lector de libros electrónicos, como ReadEra, Apple Books, Google Play Libros o cualquier aplicación que permita leer archivos EPUB.

You may also like